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Café: palabra corta
para una historia larga

Coffee: a short word
for a long story

De la cocina de la abuela a la genialidad de Bach

From grandmother's kitchen to the genius of Bach

elmefood.com · Lectura: 8 min Reading time: 8 min

"Esto es café de café", decía mi abuela mientras tostaba los granos sobre una cacerola de barro abrazada por las llamas del fogón, que dejaba su huella oscura en la pared. Poco a poco, el aroma comenzaba a apoderarse del lugar. Aquella habitación enorme, construida en adobe, se llenaba de un olor profundo y envolvente, de esos que se disfrutan incluso a la distancia el aroma inconfundible que siempre nos permite volver, de alguna forma, al lugar donde todo empezó. Así conocí el café desde lejos, desde el olfato, desde la memoria.

I

Una cabra hiperactiva y el origen del café

Quizá todo comenzó con una cabra demasiado enérgica. La leyenda cuenta que Kaldi, un pastor etíope —aunque algunos relatos lo sitúan en Yemen—, notó que sus cabras se volvían inusualmente activas después de comer las bayas rojas de un arbusto desconocido. Siendo honestos, si ya de por sí las cabras son inquietas, imagínalas con una dosis extra de cafeína debió ser, como mínimo, preocupante.

Intrigado, Kaldi llevó los granos a un monasterio. Allí, un monje intentó preparar una infusión con granos crudos, pero el resultado fue extremadamente amargo. Molesto, los arrojó al fuego, y entonces ocurrió algo inesperado un aroma profundo, cálido y seductor comenzó a desprenderse. Atraídos por el olor, los monjes tostaron los granos, los molieron y los hirvieron en agua. El resultado fue una bebida estimulante que les ayudaba a mantenerse despiertos durante largas horas de oración.

"Un aroma profundo, cálido y seductor comenzó a desprenderse de los granos arrojados al fuego."

El nacimiento del café tostado

La bebida empezó a popularizarse en hogares y contextos religiosos hasta que, hacia el año 1475, aparecieron los primeros establecimientos públicos. La primera cafetería de la historia, según la mayoría de los registros, se estableció en Constantinopla —la actual Estambul— bajo el nombre de Kiva Han. Estas cafeterías fueron apodadas "escuelas del conocimiento" espacios donde hombres de distintas clases sociales se reunían para jugar al ajedrez, leer poesía y debatir política.

Muchos pilares de la sociedad actual nacieron en las mesas de estos locales. En Londres, figuras como Isaac Newton y Edmund Halley frecuentaban las cafeterías como espacios de reunión informal, contribuyendo al ambiente intelectual que impulsó la formación de la Royal Society. Los primeros periódicos —como The Spectator— nacieron también allí.

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II

El café, las mujeres y la genialidad de Bach

El café se volvió tan esencial que, según algunas crónicas, la ley otomana permitía a una mujer divorciarse de su marido si este no podía proporcionarle su cuota diaria de la bebida. Curiosidades como esta demuestran hasta qué punto el café había pasado de ser una rareza exótica a una necesidad doméstica.

Fue ese ambiente —tan cargado de café, debate y sociabilidad— el que inspiró a Johann Sebastian Bach, cliente habitual de las cafeterías de Leipzig, a componer su famosa Cantata del Café (Kaffeekantate, BWV 211), escrita expresamente para ser interpretada en una de ellas. Bach dirigía el Collegium Musicum, conjunto que se reunía regularmente en la Cafetería Zimmermann.

"¡Ah, qué dulce sabe el café! ¡Más delicioso que mil besos, más dulce que el vino moscatel!"

Lieschen, en la Cantata del Café — J.S. Bach, BWV 211, ca. 1734

Compuesta alrededor de 1734–1735, la cantata es una ópera cómica breve un padre intenta que su hija abandone el café; ella se niega con el aria más famosa de la obra. Al final acepta, pero incluye en secreto una cláusula matrimonial para seguir bebiéndolo cuando le plazca. Bach, célebre por su música sacra, demostraba que la cafetería era el nuevo templo de la cultura civil y el pensamiento libre.

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III

Los que intentaron prohibirlo

En toda buena historia hay quien intenta arruinar la fiesta. Los gobiernos de la época temían las cafeterías porque, a diferencia de las tabernas, en ellas la gente estaba lúcida, alerta y dispuesta a criticar al poder.

En 1777, Federico el Grande de Prusia emitió un edicto para frenar el consumo de café y favorecer la cerveza local. Para hacerlo cumplir, se creó un cuerpo especial conocido como los Kaffeeschnüffler —"olfateadores de café"—, que patrullaban las calles buscando el aroma del grano tostado para multar a los infractores.

Antes que Federico, el café también tuvo que sortear la desconfianza de la Iglesia. El Papa Clemente VIII, lejos de prohibirlo, decidió probarlo primero. Según la leyenda, exclamó: "Esta bebida del diablo es tan deliciosa que sería una lástima dejarla solo a los infieles." Lo bautizó, y abrió las puertas a su expansión legal por toda Europa.

Para tranquilidad de todos, hoy las cafeterías no están prohibidas y nos permiten seguir disfrutando de esta bebida que arrastra miles de historias como la mía, que me recuerda aquellas tardes en casa de mi abuela, el olor profundo del café recién tostado llenando una habitación de adobe, sin que yo supiera todavía que estaba conociendo una de las sustancias más influyentes de la historia humana.

Notas históricas
  • Kiva Han y la fecha de 1475: documentación basada en fuentes secundarias; muchos historiadores prefieren 1554–1555 con base en registros otomanos.
  • La relación entre cafeterías y la Royal Society es real, aunque la causalidad directa es debatida entre historiadores.
  • La anécdota del Papa Clemente VIII es de tradición popular; no cuenta con documentación primaria sólida.
  • La fecha de la Kaffeekantate (BWV 211) más aceptada por musicólogos es ca. 1734.

"This is real coffee," my grandmother used to say as she toasted the beans over a clay pot cradled by the flames of the wood-burning stove, which left its dark mark on the wall behind it. Slowly, the aroma began to take over the room. That enormous adobe-walled space filled with a deep, enveloping scent — the kind you enjoy even from a distance, the unmistakable smell that always carries you back, somehow, to where everything began. That is how I first knew coffee: from afar, through smell, through memory.

I

A hyperactive goat and the origins of coffee

Perhaps it all began with an unusually energetic goat. Legend has it that Kaldi, an Ethiopian shepherd — though some accounts place him in Yemen — noticed that his goats became strangely lively after eating the red berries of an unknown shrub. Honestly, goats are restless creatures to begin with; imagine them with an extra shot of caffeine. It must have been, at the very least, alarming.

Intrigued, Kaldi brought the berries to a monastery. There, a monk tried brewing them raw, but the result was unbearably bitter. Frustrated, he threw them into the fire — and something unexpected happened: a deep, warm, seductive aroma began to rise from the flames. Drawn by the smell, the monks roasted the beans, ground them, and boiled them in water. The result was a stimulating drink that helped them stay awake during long hours of prayer.

"A deep, warm, seductive aroma began to rise from the beans thrown into the fire."

The birth of roasted coffee

The drink grew popular in homes and religious settings until, around 1475, the first public establishments began to appear. The first coffeehouse in recorded history was established in Constantinople — present-day Istanbul — under the name Kiva Han. These coffeehouses were nicknamed "schools of knowledge": spaces where men of different social classes gathered to play chess, read poetry, and debate politics.

Many pillars of modern society were born at those tables. In London, figures such as Isaac Newton and Edmund Halley frequented coffeehouses as informal meeting spaces, contributing to the intellectual atmosphere that helped give rise to the Royal Society. The earliest newspapers — such as The Spectator — were born there too.

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II

Coffee, women, and the genius of Bach

Coffee became so essential to daily life that, according to some chronicles, Ottoman law allowed a woman to divorce her husband if he could not provide her daily allowance of the drink. Such details show just how far coffee had traveled — from exotic curiosity to domestic necessity.

It was that atmosphere — charged with coffee, debate, and sociability — that inspired Johann Sebastian Bach, a regular at Leipzig's coffeehouses, to compose his famous Coffee Cantata (Kaffeekantate, BWV 211), written expressly to be performed in one of them. Bach led the Collegium Musicum, an ensemble that met regularly at the Zimmermann Coffeehouse.

"Ah! How sweet coffee tastes! More delicious than a thousand kisses, sweeter than muscatel wine!"

Lieschen, in the Coffee Cantata — J.S. Bach, BWV 211, ca. 1734

Composed around 1734–1735, the cantata is a short comic opera: a father tries to get his daughter to give up coffee; she refuses with the work's most famous aria. In the end, she agrees — but secretly inserts a clause into her marriage contract guaranteeing she can drink coffee whenever she pleases. Bach, celebrated for his sacred music, was showing that the coffeehouse had become the new temple of civil culture and free thought.

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III

Those who tried to ban it

Every good story has someone who tries to spoil the party. Governments of the era feared coffeehouses because, unlike taverns, they kept people lucid, alert, and inclined to criticize those in power.

In 1777, Frederick the Great of Prussia issued an edict aimed at curbing coffee consumption in favor of local beer. To enforce it, a special corps was created — the Kaffeeschnüffler, or "coffee sniffers" — who patrolled the streets searching for the scent of roasted beans in order to fine offenders.

Before Frederick, coffee had also faced suspicion from the Church. Pope Clement VIII, rather than condemning it, decided to taste it first. According to legend, he declared: "This devil's drink is so delicious it would be a shame to leave it only to the infidels." He "baptized" it, opening the door to its legal spread across Europe.

Fortunately for all of us, coffeehouses are no longer banned. They allow us to keep enjoying a drink that carries thousands of stories — including mine, which takes me back to those afternoons at my grandmother's house, the deep smell of freshly roasted coffee filling an adobe room, before I even knew I was discovering one of the most influential substances in human history.

Historical notes
  • Kiva Han and the 1475 date: based on secondary sources; many historians prefer 1554–1555 per Ottoman records.
  • The connection between coffeehouses and the Royal Society is documented, though direct causality is debated.
  • The Pope Clement VIII anecdote is part of popular tradition; no solid primary documentation exists.
  • The most widely accepted date for the Kaffeekantate (BWV 211) among musicologists is ca. 1734.
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